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Quien te enfada te domina

Cómo trabajar el enfado o el enojo

Esta frase: “Quien te enfada te domina”, tiene un gran poder, porque nos hace darnos cuenta de que perdemos totalmente nuestro poder personal cuando permitimos que la emoción del enfado nos afecte durante mucho tiempo.

Pongo un ejemplo: estando en el trabajo, un compañero hace algo que me hiere o me molesta. En vez de hablarlo, me voy a mi casa y sigo pensando en lo sucedido. Soy yo la que permito que me saque de mi presente, no puedo disfrutar de mi tiempo libre y sigo sufriendo por algo que ya ha ocurrido. Por eso la frase “quien te enfada te domina” nos puede ayudar a recuperar nuestro centro y sacarnos a nosotros mismos de ese lugar.

Enojo, viene del latín “Inodiare”, sentimiento desagradable que experimentamos cuando nos sentimos contrariados por las palabras, acciones o actitudes de los otros.

Aceptar es la clave para transformar

Norberto Levy habla de “Los seis pecados emocionales”: la culpa, el miedo, la envidia, el enojo, la exigencia y el no perdonar. El punto de partida es aceptar y comprender nuestras emociones, nos asustamos de ellas o nos avergonzamos. Por eso, muchas veces huimos para no sentirlas. Sin embargo, todo lo que rechazamos se va a hacer más grande y todo lo que abrazo se va a diluir.

Todas las emociones son biológicas y funcionales, es decir, son naturales en todas las personas y tienen un propósito. Esto se ve muy claramente con la emoción del miedo. Esta emoción nos ha ayudado a sobrevivir porque ante amenazas o peligros podemos reaccionar gracias a ella. Sin embargo, con las otras emociones nos cuesta más ver la parte funcional o saludable.

El enfado o el enojo nos procura una energía que nos da la capacidad de marcar los limites necesarios para defender nuestra integridad, pero si no la conocemos bien y no nos hacemos conscientes de ella sólo hace empeorar las cosas. Si me comunico en pleno estallido de cólera seguro que hablo lastimando al otro, acusando y exigiendo. La respuesta del otro será la de defenderse, con lo cual desde el ataque defensa no se arreglará la situación.

Conocer y conocerse es importante

Cuánto nos cuesta salir de esa emoción, porque se mezclan muchas otras, el orgullo, la rabia, la frustración, la exigencia, la inflexibilidad, la susceptibilidad, etc..

Marco Aurelio dijo: “Cuánto más penosas son las consecuencias que su causa” y “La cólera y la pena nos hacen más daño que las cosas de las que nos quejamos, y que son su origen”.

Hay que tomar el enfado como una señal, preguntarnos qué expectativa o qué necesidad propia no hemos visto cumplida y comunicarlo cuando nos hayamos enfriado.

Un cuento budista decía que lo que hace un monje budista al sentir enfado es decir diez veces “estoy enfadado”. Esto le ayuda a reconocer qué emoción está sintiendo, a hacerse consciente de ella y a aceptarla como tal. De esta manera, se va diluyendo la energía de enfado. Una vez el fuego de la ira se ha suavizado es cuando nos podemos comunicar con las personas implicadas.

Aceptar es la clave para trabajar el enfada

Los enfados no asistidos son muy peligrosos. El enojo que no fluye, se estanca, y lo que se estanca, toxifica. Y la acumulación de estas toxinas (que afectan al hígado, órgano relacionado precisamente con la emoción de la rabia) traen como consecuencia que, de pronto, por una tontería, estallamos en un ataque de cólera, sin que, los que nos rodean, entiendan nada.  Y a veces nos guardamos el enfado por miedo a lo que van a pensar, por miedo a que no me entiendan, por miedo a que no me den lo que necesito, etc..

Cuando hablo de forma madura de lo que me ha sentado mal, le doy a los demás la oportunidad de que vean cómo me he sentido, que sepan lo que me ha herido, etc… y así podrán rectificar, si quieren hacerlo.  En consulta suelo preguntar: ¿Tú prefieres que los demás te digan la verdad de cómo se sienten? Todo el mundo contesta que sí. Sin embargo, cuando somos nosotros los que debemos expresarnos, cuánto nos cuesta decir la verdad.

Todos hemos observado y convivido con personas que están continuamente enfadadas. Siempre tienen argumentos para alimentarlo: la política, la comunidad de vecinos, el tráfico, la economía, las injusticias, etc…. Estar enfadado continuamente porque las cosas no son como uno quiere o espera es una actitud infantil e inmadura.

En los estados de ánimo negativos siempre se presenta el mismo problema de no aceptación, uno se apega a lo que debería ser en vez de a lo que es.

Lo que hace que los acontecimientos nos vuelvan hostiles es que atribuimos la responsabilidad a los demás. Y esto tiene mucho que ver con la frase del principio: quien te enfada te domina.

Por eso es tan importante recuperar nuestro poder personal sobre nuestras emociones y recordar la gran frase de Epicteto: “Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas a lo que te sucede”.

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